Modernidad temporal Octubre 26, 2007
Posted by jpgarnham in In media res, Natalia Urrutia.trackback
Sonia evitó que el progreso la dejara sin trabajo. Pero aún no encuentra la forma para que el tiempo no la aleje del contacto con los estudiantes de ingeniería.
Por Natalia Urrutia
Ocho años trabajó Sonia en su kiosco vendiendo empanadas de hoja, coca colas en botella de vidrio y cigarros sueltos a los estudiantes de Ingeniería. Cuando comenzó un nuevo semestre, mientras escuchaba historias estudiantiles, llegaron a sus oídos dos noticias: se quedaría sin trabajo y su kiosco sería reemplazado por una nueva cafetería.
Un poco más de cuarenta años tenía Sonia cuando instaló su kiosco en uno de los subsuelos de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Corría el año 1997 y esta madre soltera había encontrado la manera de ganar dinero para mantener a su hija con deficiencia mental de, en ese entonces, diez años.
Una escalera, un tubo fluorescente, un refrigerador y mercadería era lo que componía este local de dos por dos metros, del cual Sonia era dueña y única empleada. Recibía cada mañana antes del inicio de las clases a los estudiantes para tomar té, comer un sándwich o conversar. Esos mismos jóvenes fueron los que bautizaron el kiosco sin nombre, como “La Sonia”.
La mujer bromeaba y reía mientras atendía a los futuros ingenieros. Muchas veces también los aconsejaba. “Ella no se hacía atado, nos escuchaba a todos”, recuerda Paula, estudiante que conoce a Sonia hace casi siete años. Algunos, entre ellos Cristián Vásquez, incluso incluyeron un agradecimiento a ella en la titulación. “Quiero realizar una mención especial…a la Sonia”, se lee en su tesis.
El día 7 de Octubre del 2005 se celebró en Ingeniería. El edificio de la Facultad donde se encontraba el kiosco de Sonia había sido remodelado. Al año siguiente, Sonia recibió una orden administrativa: su kiosco debía desaparecer. La nueva facultad necesitaba una cafetería y llamaría a licitación. Microempresarios con experiencias anteriores en otros campus, se presentaron. Ante el riesgo de perder su trabajo y a los estudiantes, Sonia también elevó una propuesta. Y finalmente, fue ésta la elegida.
Como Sonia no cursó estudios superiores, los mismos estudiantes la ayudaron a capacitarse. Pactó deudas, consiguió permisos sanitarios, compró un auto y buscó muebles. En menos de dos meses armó su nuevo local. “Cuando traes cosas modernas te traes el modernismo y eso cambia la relación entre personas”, cuenta Sonia sentada en la caja de su nuevo local, tres veces mayor que el primero. En el mesón atienden dos mujeres que Sonia contrató. Ellas quedan a cargo cuando sale todas las mañanas a comprar mercadería. El último mes ha estado llegado pasada la hora de almuerzo.
Sonia ya no bromea ni aconseja a los estudiantes, porque a muchos no se los topa. “No me arrepiento de haber crecido”, reconoce Sonia. “Pero crecer te exige mucho tiempo”. Es hora de almuerzo y los estudiantes entran rápido. Sonia los saluda de lejos, y mientras aprieta las teclas de su caja registradora entrega los vales que dicen el monto de la venta y “Gracias por su compra. La Sonia”.
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