Un “perdonazo”, tres historias Diciembre 2, 2007
Posted by jpgarnham in Angélica Rodríguez, Noticias de 2007, Trabajo final.trackback
El proceso de regularización a extranjeros radicados en Chile, “perdonazo”, está beneficiando a muchos inmigrantes, especialmente a la comunidad peruana. Lilia, Laura y César cuentan su historia.
Por Angélica Rodríguez
Son las dos de la tarde. La temperatura es de 27 grados. En el centro de Santiago, la Plaza de Armas está repleta. La mayoría de la gente que se encuentra en el lugar se puede dividir entre los transeúntes y los que conversan a un costado de La Catedral. De ellos, casi todos son peruanos.
Cruzando la calle, en la esquina de Puente con Catedral, un carro de dulces y bebidas está en su peak de ventas. El negocio se encuentra a pasos de una de las entradas de Correos de Chile.
En el puesto hay dos vendedores que van de un lado a otro. Atrás, bajo la sombra que hace el techo del negocio, dos mujeres toman una bebida y conversan.
Laura y Lilia son peruanas. Eran amigas en Arequipa y hace dos años se reencontraron en la Plaza de Armas.
Hoy se reunieron para ir al Correo. Prefirieron venir a la sucursal del centro, si bien trabajan lejos, porque dicen que aquí se sienten como en casa. Ambas tienen que enviar por carta los papeles requeridos por el Programa de Regularización Migratoria.
La medida permitirá que ciudadanos extranjeros radicados en Chile puedan regularizar su situación, ya sea porque hubiesen ingresado de manera ilegal al país o porque estén trabajando sin la debida autorización.
Uno de los grupos que más se verá beneficiado con el llamado “perdonazo”, anunciado el pasado cinco de noviembre por el Ministro del Interior, Belisario Velasco, serán los cerca de 15 mil peruanos que actualmente viven en Chile.
La única condición que deben cumplir los solicitantes es haber ingresado al país antes del 21 de octubre de 2007 y tener pasaporte o documento nacional de identidad vigente.
Laura y Lilia cumplen con estos requisitos. Ambas entraron con visa de turista que duraba 90 días. Al encontrar trabajo, comenzaron a tramitar el Permiso de Residencia Sujeto a Contrato. Pero aún no habían logrado conseguirlo.
Lilia lleva tres años viviendo en Chile. Dejó a sus tres hijos, de entre 7 y 12 años, al cuidado de su esposo. Llegó a Chile porque una amiga que estaba acá le dijo que aquí podía ganar bien. Se vino ella porque, trabajando de nana puertas adentro, podía ahorrar en arriendo.
Actualmente trabaja en una casa en Peñalolén. Cuenta que no tiene día libre y que su patrona nunca le ha pagado las imposiciones, aún cuando está contratada. “Yo aguanto que no me paguen las imposiciones porque igual ahorro harto viviendo con la patrona”, cuenta Lilia.
Laura López dejó a dos hijos en Perú, pero no dejó pareja. “Por suerte mis niños son grandes y se pueden cuidar solos”, cuenta Laura. “Quería que mis hijos pudieran estudiar, así que por eso me vine para acá, que se gana más”. Lleva 2 años y medio en Chile.
Al igual que Lilia, trabaja de nana puertas adentro en una casa en Vitacura. “Por lo menos a mí me pagan las imposiciones”, explica Laura.
Ambas creen que su sueldo, de alrededor de 200 mil pesos, es bueno comparado con Perú. Pero se quejan de tener que trabajar mucho y no tener las mismas garantías que sus pares chilenas. “Al tener el carné y el permiso (de residencia) los peruanos vamos a poder superar mucho de los abusos de nuestros patrones (…) y estar igual que los chilenos”, dice Laura.
Son las cuatro de la tarde. Se acabó la hora de almuerzo de gran parte de los trabajadores del centro. Pasó la hora peak del puesto de dulces. Ahora es el turno de que César Abanto, uno de los vendedores, almuerce.
César también es peruano. Está ilegal en el país, pero a diferencia de Lilia y Laura, él entró a Chile de manera fraudulenta.
Hasta hace un año y medio, César Abanto diseñaba y confeccionaba todo tipo de zapatos. Pero con la irrupción en el mercado de zapatos hechos en China, el negocio empezó a decaer y debió buscar nuevos horizontes.
Un amigo le dijo que en Chile habían buenas oportunidades de trabajo y que se ganaba buen dinero. César no tenía familia, así que decidió venir a probar suerte. “Los amigos, allá, sólo contaban lo bueno. Faltó que me dijeran que también se pasaba hambre y que no era tan fácil conseguir trabajo”, cuenta César.
Un amigo en Lima, su ciudad de origen, le contó de una persona en Tacna que podía conseguir Visas para Chile, de forma más rápida y menos costosa que el proceso formal.
En una semana estaba en Arica. “Cuando pasé por Chacalluta (paso fronterizo entre Chile y Perú) recién respire tranquilo”, recuerda.
César no sabe muy bien como opera “la movida”, que es como él llama al proceso. Sólo sabe que los pasadores, quienes lo llevaron hasta Arica, eran peruanos.
Dentro de los chilenos involucrados habría un Teniente, una abogada y un policía de investigaciones.
“Por 200 dólares logré que me sellaran”, dice César. Refiriéndose al timbre o “sello”, estampado en su Visa, que le permitió entrar al país.
Al llegar, César trabajó en todo tipo de cosas. De cargador en mudanzas, lavando autos, de bombero en una gasolinera y cosiendo chaquetas.
Hoy, trabajando en el puesto de dulces, gana lo justo y necesario para pagar las cuentas y el arriendo de una pieza en la calle Mac-Iver.
Marta Rojas, la chilena dueña del negocio en que trabaja César, dice que “el perdonazo que dio la Presidenta va a hacer que César pueda empezar de cero y ahora (remarca esta palabra) hacer las cosas como corresponde”.
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