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Espectadora de una fiesta abril 13, 2007

Posted by jpgarnham in Cristina Birrell, Escena.
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Era primera vez que estaba en una medialuna, y no sabía ni siquiera de qué se trataba el rodeo. Pero con unas pocas explicaciones y observando bien lo que acontecía alrededor, Isabel fue capaz de disfrutar de la final del Campeonato Nacional, e incluso de salir triunfante.

Por Cristina Birrell

Llegó a la medialuna de Rancagua ese domingo 1 de Abril, acompañando a un grupo de amigos amantes del rodeo chileno. Era el gran día para ellos: la final del Campeonato Nacional. Ella nunca había estado ahí, y los amigos la entusiasmaban: “¡Isa prepárate!. ¡No vas a ver sólo rodeo, vas a conocer una fiesta nacional!”, le comentaba uno de ellos vestido con poncho y chupalla.

Les costó instalarse en galería Andes, pues tuvieron que apretarse mucho entre las personas que ya ocupaban esa larga tabla de madera. El sol estaba justo al frente, por lo que hacía mucho calor. El público se preparaba haciendo olas y silbándoles a las promotoras de cerveza Cristal, que entregaban viseras y dulces. Máquinas aplanadoras pasaban por la cancha de maicillo preparando el terreno, mientras Isabel y sus amigos compraban maní confitado, charqui y bebidas. Ella comenzaba a sonreír mirando lo que acontecía a su alrededor.

Su asiento estaba muy arriba en la galería, y desde ahí se podían observar las miles y miles de chupallas que llenaban el estadio. Los jinetes, junto a sus caballos de raza chilena, comenzaron a entrar a la medialuna y se pusieron ordenadamente formando un semicírculo. La cueca dejó de sonar por un instante. El público guardó completo silencio, se puso de pie, y se sacó su chupalla. Cantaron todos juntos mirando a la bandera el Himno Nacional, y por fin “ el champion” comenzó.

En un principio, Isabel comentaba que no entendía mucho de las puntuaciones que los tres jueces entregaban luego de cada collera. Los amigos le explicaban qué parte del novillo debían golpear los caballos para detenerlo, y por qué algunas “atajadas” estaban mal realizadas. Cada uno ya había elegido a sus caballos favoritos, y ella en honor a su nombre, gritaba y aplaudía con ánimo al criadero Santa Isabel y sus jinetes Loaiza y Tamayo.

El sol ya se ponía, y el público comenzaba a encenderse y a levantarse de sus asientos para defender a sus preferidos. El antiguo, y ya clásico locutor, anunciaba el cómputo -“cuaaaatro puntos buenos”- y se escuchaban grandes aplausos y a la vez fuertes pifias de la gente. Isabel se paraba aplaudiendo cuando su apuesta salía a la cancha.

Había presenciado una instancia de folclore y patriotismo, y se había unido a ella. Comió empanadas, conversó con la gente a su alrededor, e incluso disfrutó del característico olor a caballo de la medialuna. Se mantuvo siempre sonriendo, y sobre todo final del día, cuando sus caballos salieron ganadores y efusivamente abrazó al señor de al lado, que compartía su preferencia. Sus amigos finalmente comentaban que habían ganado una compañera para ir al rodeo.

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