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Muerte con olor a pólvora abril 13, 2007

Posted by jpgarnham in Escena, Muriel Alarcón.
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En el último segundo de conciencia, todas las personas que saben que se van a morir (o que las van a matar), abren los ojos.


Por Muriel Alarcón

“Parricidio y porte ilegal de arma de fuego”, se anuncia en la entrada. Son las nueve de la mañana y la puerta tres, del sexto Tribunal oral en lo penal, es cerrada por un gendarme. Una mujer de ojos azules ata su cabello ceniza con un elástico de billetes. Queda paralizada cuando se encuentra con los ojos de su hijo esposado: Daniel Albornoz, el acusado, entra a la sala seguido de su abogado.
Mientras los dos fiscales toman asiento, la jueza dirige una mirada de consentimiento al testigo pericial, quien fue el primero en llegar apenas cometido el crimen. Empezada la sesión, Albornoz se da vuelta lentamente y examina, arqueando las cejas, a los presentes. Viste una chaqueta de cuero negra y lleva su pelo rubio engominado. Cuando distingue a su madre en el público, le guiña un ojo.


La gruesa voz de Manuel Águila, testigo pericial, conquista la atención de los oyentes: “En el dormitorio encontré a una mujer yaciendo con sus pupilas midriáticas clavadas en el techo. En la región frontotemporal tenía una lesión de entrada de proyectil balístico —el imputado, esposo de la víctima, pestañea rápidamente—.Por su trayectoria posterior, el disparo sólo pudo haberse originado con apoyo en la zona parietal”, termina abriendo los ojos con exageración.
La fiscal, presionando un lápiz pasta en la sien de su compañero y hablando más fuerte, le pregunta al oficial: “¿Y usted cree que si yo pongo el arma aquí, se trata de un accidente?”. El abogado interrumpe alzando una mano: “¡Objeción Magistrada! —su voz es grave—, ¡la pregunta es descompuesta!”. El culpable mantiene los ojos contraídos.
Las fotografías del peritaje se proyectan en la sala a vista de todos. La imagen del dormitorio, desde donde se ve la pieza de la hija de cinco años, sacude a la madre del inculpado. Albornoz esconde su cabeza entre los hombros. Una imagen muestra las paredes, tapizadas de gigantografías publicitarias, salpicadas de sangre y restos de masa encefálica. En la fotografía 46, el acusado endereza su cabeza y mira de reojo. Rápidamente busca los ojos de su madre en la sala. Cuando los encuentra, cierra los suyos de un golpe. Una gruesa lágrima se desliza por su mejilla. En la pared del dormitorio se lee, en un cartón manchado con un gran coágulo de sangre pardo, “te amo papito”.

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