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Un montaje en la cocina abril 13, 2007

Posted by jpgarnham in Angélica Navarro, Escena.
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Cocineros, alimentos y distintos platos conforman el elenco de la última obra de Fernando Walker, el restaurante Delmónico Bistro & Bartini. Y cada uno de los actores, mediante un trabajo en equipo, construyen el espectáculo.
Por Angélica Navarro

Paredes blancas con muebles plateados constituían el escenario. Eran las 20:58. De pronto, una pequeña impresora expulsó la orden: «Mesa 21. Corvina Provencale». Comenzaba así el show en el restaurante Delmónico Bistro & Bartini, ubicado en el sector de Borderío, en Vitacura.
Su dueño, Fernando Walker, director de lo que él llama «la obra», observaba de lejos el desempeño e interacción entre los actores: los chef, alimentos y platos creados en la cocina.
Gabriel Latrach, el jefe de cocina, pegó la comanda en una repisa y cantó la orden a viva voz. Ese día el equipo humano constaba de cinco hombres. «Es importante tener un equipo bien armado, que haya coordinación, que cada uno aporte para que el plato salga rápido», señalaba Walker. Con el vestuario especial para la función, un delantal blanco y la cabeza cubierta con un gorro o pañuelo, cada uno cumplía un rol: el «planchero», el encargado de la comida fría, el de las tablas y postres, el «guarnicionista» y el que terminaba y decoraba lo preparado.


Entonces, manos a la obra, venía el segundo acto. Los filetes del pescado se cocinaron en la plancha. El olor a pescado grillado, poco a poco, se impuso sobre el aroma a verduras salteadas en aceite de oliva que emanaban los sartenes.
Luego algunos ingredientes de unos potes con verduras, aliños y especias, todos de una gran variedad de colores, fueron introducidos entre ambos filetes: tomates acaramelados, aceite de oliva, azúcar y orégano. El «sándwich» fue al fuego, para ser gratinado con queso parmesano y mozzarella.
Se sacó un plato caliente del «horno de platos» y en él se puso salsa de estragón. Sobre éste iba la comida recién cocinada. Finalmente llegó todo a manos de Gabriel, quien sacó salsa pesto de un recipiente que estaba en baño maría, y la vertió encima. ¿Tiempo de demora? Seis minutos.
«Ya, ¡aquí va uno!», gritó, con acento peruano, el encargado de guarniciones. Llegó el garzón de la veintiuno y se llevó el producto, dejando en el ambiente olor a la albahaca y al ajo de la salsa pesto. A partir de ese entonces, el resto de los actos de la obra dejaron de tener la cocina como escenario. Pero sólo hasta que llegó un nuevo pedido. «Mesa 45. Fetuccini Raviatta. Filete Diana», informaba la nueva comanda.

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