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El envoltorio verde abril 27, 2007

Posted by jpgarnham in Angélica Navarro, Estructura dramática.
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Trinidad y Juan Carlos cantaban al ritmo de la música cuando, de un segundo a otro, la van verde en la que iban fue impactada por otro auto. Toda una serie de eventos y emociones se desatarían durante los minutos que estuvieron atrapados en el vehículo.
Por Angélica Navarro

De repente todo terminó. El ensordecedor ruido del roce de metal con cemento y de vidrios quebrándose se acabó. A pesar de estar colgando del cinturón de seguridad, Trinidad dejó de gritar. Ella y su pololo, Juan Carlos, habían tenido un accidente.
Los jóvenes, ella de 15 y él de 18, iban en una van Chrysler verde oscura, pasando por la calle Cuesta Mallarauco en Las Condes, en dirección al noroeste. «Confusion never stops…», cantaba Chris Martin en la radio. Sí, a partir de las 11 de la noche de ese 30 de agosto de 2005, la confusión no pararía.
¡¡PAAA!! Un Peugeot 206 blanco impactó al auto en la corredera del lado del conductor. Una vuelta, el mundo al revés, otra vuelta y otra casi entera. Después, el deslizamiento por el pavimento. Juan Carlos quedó abajo y Trinidad arriba, colgando. Estaban atrapados, el parabrisas trizado y no veían nada. Coldplay ya no sonaba, pero el locutor de una radio hablada a todo volumen. Ése era su único contacto con el exterior.
Lograron pararse, con los pies en la ventana de Juan Carlos, para intentar salir del auto. Inmediatamente él comenzó a pegarle patadas al parabrisas, muchas patadas, con toda su fuerza. Pero nada. La desesperación crecía, y más con el locutor que hablaba estupideces: «Weno el carrete… jajaja… y la mina, ¿qué onda?». Pero con un golpe de Trinidad, la radio se apagó por completo.
Así, por primera vez desde que se volcaron, supieron qué sucedía fuera del vehículo. «Sentí como si estuviera en un estadio por la cantidad de gente que estaba afuera gritando», señala Trinidad al acordarse de lo sucedido. Juan Carlos pasó a la parte trasera de la van y, de un golpe con la mano, rompió el vidrio. Con las manos ensangrentadas, levantó a la joven, quien fue recibida por las personas que había afuera: «Me recibieron como si estuviera en un recital, como si fuera un bulto.»
La llevaron a la vereda y recién ahí se dio cuenta dónde estaba. Entre vueltas y arrastre, habían avanzado dos cuadras desde el lugar donde fueron impactados. «¡¡Wiu wiu wiu wiu!!», sonaban las sirenas de bomberos, carabineros y camionetas de seguridad. El auto estaba cruzado en la mitad de la calle y el tránsito cortado. Y ahí mismo estaba Juan Carlos aún. «Yo estaba histérica con él ahí… tiritaba como loca», recuerda Trinidad.
Tres hombres sacaron unas ramas gruesas de un árbol, y con ellas abrieron la maleta del auto. Juan Carlos salió caminando y lo primero que hizo fue dar un gran abrazo a Trinidad. Su delgado cuerpo estaba lleno de vidrios, pero no sintió dolor. Mientras, la multitud comentaba, hacía preguntas, daba ideas, nada útil.
Habían pasado alrededor de diez o quince minutos desde que se volcaron. «Todo fue demasiado rápido, pero cuando estábamos adentro fue demasiaaado lento.» Y les quedaba lo más largo: preguntas de carabineros y bomberos, llamar a los familiares, ir a la clínica a hacerse la alcoholemia y exámenes por las lesiones que habían sufrido. Por lo menos, la confusión había pasado.

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