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Inesperadas noticias abril 27, 2007

Posted by jpgarnham in Estructura dramática, Valentina Reyes.
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Súbitas noticias llegaron por celular a cientos de kilómetros de distancia. Un accidente vendría a cambiar más que las vacaciones. Un golpe que arribó para causar dolores.
Por Valentina Reyes

La familia Colina comenzaría sus vacaciones de enero, recorriendo la localidad de Pica, ubicada en la primera región. Eran las ocho treinta y dos de la mañana, cuando el teléfono de Marlene sonó. “¿Alo?, sí, soy yo…”. De un momento a otro, sus palabras se interrumpieron por un silencio, que luego se convirtió en llanto.
Minutos atrás, en la santiaguina calle Amunategui, un semáforo cambiaba de rojo a verde y una camioneta con dos pasajeros que transitaba por aquella avenida, doblaba en dirección al oriente. Cuando una micro— aún amarilla—, proveniente de la calle Compañía, no detuvo su marcha ante el rojo imperante del semáforo, todo fue un solo golpe, un largo arrastre por la cuadra. La copiloto recibió el mayor impacto, su nombre: Laura Colina, hermana de Marlene.
Guillaume, frente al volante, lo último que vio fue la micro detrás del vidrio de Laura. Luego sintió un golpe en la cabeza y lo siguiente, después de abrir los ojos, fue una lisa alfombra gris. Estaba teñida de rojo, llena de pedazos de reflejos. Era el pavimento, era sangre, eran vidrios. Más allá yacía en una camilla su compañera de trabajo y amiga. Él tanteó sus bolsillos, aún portaba su celular, marcó unos números y pronunció: “Alo… ¿Marlene?”.
María, la madre de Laura, entró en la habitación 61 del Hospital del Trabajador. Era una sala mixta con otros seis pacientes. En una esquina vio a su irreconocible hija. Su cara estaba morada y deformada, tenía profundas marcas en la piel ocasionadas por los vidrios. El médico había hablado de secuelas, y no era algo difícil de creer.
Tras la colisión, los dos pasajeros de la camioneta, chocaron violentamente sus cabezas. A Guillaume lo tuvieron que operar desde la oreja derecha hasta la nuca, literalmente fue “corcheteado”, sólo así se recompuso su fisonomía. Estuvo un mes en el Hospital.
Laura tardó dos semanas en despertar. Ese día abrió lentamente sus ojos hinchados, miró alrededor intentando registrar lo que la acompañaba, pero su vista seguía atenta y sin comprender. “¡Ahh, mi cabeza , mi cabeza, ¿dónde estoy?, ¿qué pasa?”, increpó a las enfermeras.
Esa jornada reconoció a su madre y a su hermana, pero con el pasar del tiempo, se fueron dando cuenta de que Laura no mostraba afectos hacia la familia, parecía desinteresada, como si los hubiese dejado de querer. Efectivamente el accidente hizo desaparecer sus emociones.
Laura a los treinta y siete años, tuvo que aprender a caminar, escribir, sumar y restar. Comenzó a visitar a psicólogos. Secuelas físicas no quedaron, ella dice “no recordar nada de nada”, sólo ya no puede subir a un vehículo con motor.

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