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Inmerso en la mudanza abril 27, 2007

Posted by jpgarnham in Camila Carreño, Estructura dramática.
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La familia Astorga nunca pensó que por el cambio de casa el nieto regalón terminaría en la UTI. Todo por un descuido y una piscina sin reja de seguridad.
Por Camila Carreño

Victoria, de 21 años, estaba con su hijo Pato ordenando los juguetes en la nueva pieza llena de cajas, cuando la llamaron a almorzar. El niño bajó las escaleras antes que ella, gritando: «¡Tata, tata!». Tenía un año cinco meses y medía 62 centímetros. Sus abuelos estaban en la cocina. «Creí que iba a ir donde mi papá», explica Victoria.
La escalera estaba al lado derecho de la cocina. Al frente, el living daba al patio trasero, donde estaba la piscina. Victoria se había asegurado de dejar cerrado el ventanal para que Pato no pudiera salir al jardín.
Ella bajó un par de minutos después que el niño. Entró a la cocina y vio a Antonia, su bebé de dos meses. Pero su hijo no estaba. Ella no sabía que la abuela materna de Pato había salido a buscar una caja y había dejado el ventanal abierto. Victoria no dudó ni un segundo. Corrió a la terraza y lo encontró.
«Estaba en la piscina, boca abajo, flotando», evoca bajando la mirada. Ese viernes primero de septiembre del año 2006, el agua no superaba los 12 grados. Victoria cree que Pato fue detrás de su pelota plástica roja, que también estaba en el agua. Como el niño estaba cerca de la orilla, entró a la piscina por la escalera y lo volteó horrorizada: «Estaba deforme, con la cara morada e hinchada».
Lo puso en el suelo de cemento, no muy lejos del agua. Tenía los ojos abiertos y la mirada fija. «Pensé que estaba muerto», asegura. Su cuerpo era el de un muñeco de trapo.
Victoria llamó a gritos a Juan Pablo, el tata, quien se quedó con Pato. Le tomó el pulso y no lo sintió. Ella fue a llamar sin éxito a Help: la línea telefónica no estaba activada y no podía marcar el número 800 desde el celular. Se comunicó con sus suegros para que pidieran la ambulancia. En la confusión la enviaron a la casa de ellos.
El tata, hombre de 92 kilos, intentó durante más de un minuto y medio revivir a su nieto: trataba de darle respiración boca a boca y presionaba su tórax. La última vez lo hizo con toda su fuerza. «No me importaba quebrarle las costillas», confiesa Juan Pablo. Era eso o que se muriera. Al fin, Pato botó una gran cantidad de agua y vomitó. Parpadeó y en un sollozo le dijo: «Tata…». Estiró sus brazos y se puso a llorar.
Victoria le sacó la ropa mojada y lo envolvió con mantas. Lo mantuvo despierto hasta que llegó la ambulancia, en la que el médico logró estabilizar la hipotermia.
En la UTI Pediátrica de la Clínica Indisa, determinaron que no había tenido un paro cardíaco, sólo uno respiratorio. Pato estaba en una cama de hospital, rodeado de máquinas: tenía electrodos en el pecho, una vía intravenosa, una sonda y recibía oxígeno.
Un globo con forma de estrella lo acompañó en la clínica. Cinco días después, de vuelta en su casa, comía cocolates y veía Barney. El único recuerdo que él tiene del accidente es ese globo que hasta hoy está en su pieza.

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