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Contraste sísmico junio 4, 2007

Posted by jpgarnham in Camila Carreño, Narrativización.
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La familia Díaz recuerda como una anécdota el sismo de Chillán de 1960. Los chillanejos, en cambio, aún no habían olvidado el terremoto anterior que había destruido la ciudad.
Por Camila Carreño

María Teresa Díaz y su marido José Antonio Díaz conversaban con la hermana de éste sobre temblores. Genoveva, española al igual que su hermano y su cuñada, había llegado hacía cuatro meses desde Asturias. José Antonio le dijo que reconocería un terremoto por los gritos de María Teresa. Estaban en la casa de Chillán la víspera del sábado 21 de mayo de 1960.
A las seis y cinco de la mañana un terremoto grado 7,5 en la escala de Richter, despertó a los ocho mil habitantes de Chillán. María Teresa y José Antonio despertaron porque la cama se movía. El rugido de la tierra se sumaba al ruido de las ventanas y las lámparas de lágrimas agitándose
María Teresa cogió a su hija en brazos, pero se mareó. Estaba embarazada de siete meses. José Antonio tomó a la niña. Quisieron salir de la pieza, pero la puerta se cerró de un golpe y se trabó. María Teresa decía una y otra vez que volvieran a Santiago. Su marido intentaba calmarla.
Por la ventana veían los postes de luz balancearse y los techos de las casas aparecían y desaparecían. Era como estar en un barco con el mar embravecido.
Genoveva, acostada, esperaba escuchar a María Teresa. Como no hubo gritos, creyó que era un «temblorcito». Tres minutos después el movimiento y el ruido se detuvieron. José Antonio logró abrir la puerta y le dijo a su hermana lo que pasaba: había vivido su primer terremoto.
María Teresa era una trigueña, delgada, de 24 años. José Antonio, de cejas pobladas y pelo negro, tenía 29. Estaban en Chillán por trabajo, en junio se irían. No tenían familia allí. La de ella vivía en Santiago y la de él en Asturias.
El matrimonio Díaz no había vivido el terremoto de 1939. Los chillanejos aún no habían superado el trauma. Habían muerto más de doce mil personas y la ciudad quedó destruida.
El 21 de mayo, Chillán no fue el epicentro, pero la ciudad se vio afectada. Sobretodo Chillán Viejo y las poblaciones. Todas las construcciones de adobe se cayeron. Más de 500 casas quedaron inhabitables.
Mientras los Díaz revisaban su casa, los habitantes de Chillán salieron a la calle en pijama. Las plazas se llenaron de familias.
La casa de los Díaz había sido construida «a prueba de terremotos», cuenta María Teresa, a raíz del de 1939. En el living cayó yeso del techo. Allí había un mueble de madera de un metro 85 de alto lleno de copas de cristal. No se quebró ninguna. En la cocina, se rompieron dos botellas de leche, «de las de vidrio de tapa roja», recuerda.
La gente no quería permanecer en las casas. Una vecina de María Teresa fue a buscarla para preguntarle porqué ellos no salían. María Teresa consideraba más seguro ponerse bajo el marco de la puerta que estar en la calle. Pero sus vecinos habían perdido muchos familiares en el terremoto anterior, por el derrumbe de las casas. Ellos no querían arriesgarse.
Cinco personas murieron y 16 quedaron heridos. La luz eléctrica y el agua potable estuvieron cortadas hasta las diez de la mañana. El teléfono y el telégrafo no funcionarían hasta el día siguiente.
José Antonio recuerda que hubo réplicas todo el día, su esposa se mareaba y él debía tomar en brazos a la niña que ese día cumplía un año. Habían comprado un pastel de chocolate y una muñeca de 75 centímetros. María Teresa no pudo dejar a la muñeca parada frente a la torta: con las réplicas se caía.
Por la tarde, salieron a comprar pan. La calle estaba llena de gente, sus vecinos acampaban afuera de las casas. Sólo entraban a la casa para ir al baño.
El vino corría por las calles. Con el violento temblor dos toneles, de treinta mil litros cada uno, se reventaron. Los borrachos bebían el vino de la cuneta, caminaban un par de cuadras y se tumbaban a dormir. María Teresa no pudo abrir una botella de vino en años. «Le agarré fastidio al tinto amén de eso», explica José Antonio.
Durante dos días siguieron las réplicas. La gente permaneció en las plazas. Tres mil quinientas personas tuvieron que ser albergadas en siete escuelas. Un mes después María Teresa y José Antonio dejaron la ciudad.

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