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Un peón en jaque junio 4, 2007

Posted by jpgarnham in Francisca Stuardo, Narrativización.
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Tuvo que vender su colección de discos y algunos muebles para sobrevivir y mataron amigos personales, como Víctor Jara. Para agustín Fernández, ex director de radio Magallanes, el golpe militar fue un mazazo por la espalda más que un golpe de gracia.
Por Francisca Stuardo

Lo despertó una llamada a las seis de la madrugada. Agustín contestó, aun medio dormido, pues se había acostado hacía cuatro horas. Pero la noticia lo despertó: era su hermana desde Estados Unidos. Le dijo: “Cucho, por favor, no te vayas a meter en líos, ahora sí que va de verdad”. El golpe era inminente.
Agustín Fernández, de 43 años en ese entonces, se vistió deprisa. Había permanecido más de 48 horas seguidas dentro de la Radio Magallanes. Cucho no sabía que aquel once de septiembre de 1973 sería su último día como director de la emisora.
Se puso la misma ropa de los últimos dos días: unos pantalones pata elefante, mocasines con taco –que elevaban su estatura a un metro 72-, una camisa y un abrigo. Se calzó, antes de salir, su sombrero de paño. Partió a pie desde su residencia, en Torres de San Borja, comuna de Santiago Centro.
Caminó hasta la radio ubicada en la calle Estado, entre Huérfanos y Agustinas, a menos de 5 cuadras del palacio presidencial. Cuando llegó a la estación faltaban 25 minutos para las siete de la mañana. La puerta estaba abierta. Dentro de las dependencias quedaban sólo tres personas del total de veinte trabajadores de la Magallanes.
Mientras, la portada de El Mercurio no vaticinaba nada nuevo: algunas manifestaciones juveniles, constitución de un comando multigremial y tiendas cerradas por la falta de abastecimiento. Pero nada de un pronunciamiento militar.
En Radio Magallanes comenzaron a dar noticias –además de contactos con Allende- y distribuyeron los cargos entre los cuatro funcionarios que quedaban. Agustín asumió como locutor.
Pasadas las diez de la mañana, tras programar en más de tres ocasiones el tema “venceremos, venceremos” de Quilapayún, Cucho recibió una seña. El presidente iba al aire. Allende tenía transmisores radiales en sus autos para poder establecer contacto directo con la radio.
A las diez y 27 de la mañana llegó la orden: abandonar la radio. Excepto uno que debería esperar a las Fuerzas Armadas. Pero antes de irse, sortearon quiénes se iban y quiénes se quedaban. En el sombrero de Cucho pusieron los papelitos que sacaron al azar. Cucho fue el penúltimo en sacar uno. Lo abrió. Se iba. Otro debía quedarse para entregar la radio.
Entre la audiencia de la radio se encontraba Teobaldo Vidal. Había jubilado bajo el cargo de suboficial mayor de Gendarmería, en 1962, tras treinta años de servicio. Se había levantado a las ocho y media de la mañana para cosechar hortalizas de su huerto.
Dos horas después, Teobaldo se hallaba trabajando cuando sintió ruidos de disparos y bombas. Dejó de lado su pala, sacudió sus pantalones y miró hacia arriba buscando explicación.
Escuchó el bombardeo al palacio presidencial desde su casa situada en la comuna de La Granja, a más de 15 kilómetros de distancia. Cucho, por su parte, la divisó junto a su esposa desde el departamento de su madre, ubicado en el cruce de las calles París y Santa Rosa.
Su mujer lo advirtió. () comenzó a escuchar ruidos de aviones que asoció con los Hawker Hunter, aviones del ejército. Efectivamente, miraron por la ventana y divisaron la bomba cayendo justo sobre el palacio de La Moneda. El techo del edificio se destruyó y dejó un hongo de humo.
En ese momento, La Moneda estaba siendo bombardeada e intervenida por tanques, bombas y fusiles. Teobaldo y su mujer se abrazaban y escuchaban atentos las indicaciones de las radioemisoras que aún seguían al aire: no salir, cerrar puertas y ventanas y mantener la calma.
Para El Mercurio, el trece de septiembre significó la “vuelta a la normalidad”: las gente circulaba por las calles, el comercio se abrió y se rearticuló la locomoción colectiva.
Para cucho en cambio, todo cambió. Desde la organización interna, el toque de queda programado, los operativos desplegados para detener a detractores del gobierno. Incluso sufrió un allanamiento en su hogar.
Tras el golpe, tuvo que trabajar vendiendo lápices en la calle Meiggs, pisco capel, trajes chinos. Su biblioteca desapareció. Tuvo que vender su colección de discos y algunos muebles para sobrevivir. Además mataron amigos personales, como Víctor Jara y supo que sus colaboradores más cercanos en la emisora eran infiltrados de las Fuerzas Armadas.
Habrían de pasar 35 años para que Agustín Fernández pudiese volver a ejercer su oficio. Vio como todo lo que lo rodeaba se esfumó. Para Cucho el golpe fue un mazazo por la espalda, más que un golpe de suerte.

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