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No más Metro julio 6, 2007

Posted by jpgarnham in Carole Grunberg, Noticias de 2007, Trabajo final.
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Partió el Transantiago y el Metro colapsó. Muchos ya no se quieren subir. Van incómodos, llegan atrasados a sus lugares de trabajo, sufren de ahogo y a los adultos mayores ya no les dan el asiento. Ellos ya no quieren más Bip.
Por Carole Grunberg

Mujeres acosadas en el Metro, víctimas de agarrones era lo que se mostraba por televisión a principios de marzo. Ésa fue la causa de que Bárbara de 22 años dejara de utilizar el Metro y comenzara a irse en auto a la universidad.
A su mamá le dio miedo que su única hija mujer viajara apretada y rodeada de hombres que la pudieran manosear.”Al principio la encontré un poco exagerada, pero cuando me dijo que me arrendara un estacionamiento no me quejé”, dice Bárbara.
Las ocho de la mañana y el Metro de Santiago colapsa. Las puertas de los vagones apenas cierran, la gente va apretada y ni siquiera pueden abrir el diario que les regalaron en la entrada. Por eso ancianos, mujeres embarazadas y personas con crisis de pánico han decidido renunciar al uso de este servicio.
La tercera edad ha sido una de las más perjudicadas con la aglomeración. Dificultad para subirse y más aún para lograr tener un asiento, los que han disminuido en cantidad con el inicio del funcionamiento de los nuevos vagones. Rosa Jara de 65 años, operada de los meniscos, cuenta que ya no puede subirse al Metro por la cantidad de personas que hay, que le impiden irse sentada, lo que para ella es fundamental, pues a su edad ocupa bastón y no se puede mantener por mucho rato de pie.
Rosa no se sube desde abril cuando quedó un poco traumatizada con la experiencia. Primero le tocó esperar diez minutos afuera de la estación Tobalaba porque las puertas estaban cerradas por el colapso, luego tuvo que hacer una cola de media hora para pasar su tarjeta Bip y  para colmo le tocó irse parada a punto de caerse. “Fue algo desesperante, nadie me ofreció el asiento, me dio miedo caerme, estaba recién operada”, cuenta Rosa. Ahora sólo sale cuando tiene que ir al médico o ir a comprar algo, pero lo hace en taxi porque prefiere gastar más antes que sufrir una caída o pasar un mal rato.
A pesar de que el Metro ha aumentado sus frecuencias y ha ampliado su horario de funcionamiento, los desmayos y las crisis de pánico no se han podido evitar.
Talia Kauffman, estudiante de diseño, de 23 años, hace todo lo posible para no subirse al Metro. Ella sufre de crisis de pánico y claustrofobia.
“Se me hace pesado, siento angustia, desesperación, ahogo, me cuesta mucho respirar y como que me voy a desmayar. Por eso lo evito a toda costa, en especial a las horas peak”, dice Talia. Aún así hay veces que no le ha quedado otra y se ha tenido que subir al Metro porque se ha quedado dormida, pero la situación termina por ser peor. Se tiene que bajar en la mitad del trayecto para tomar un  poco de aire y no desmayarse. Empieza a sudar, a tener palpitaciones, dolor de guata y todo ello por angustia.
A Talia le cuesta mucho controlarse ante momentos de estrés y por eso prefiere salir dos horas antes de su casa, que queda en Martín de Zamora, para caminar o tomar micros, aunque en Metro se demore media hora al barrio República, donde estudia. Ella es joven, pero tiene al menos diez kilos de sobrepeso por lo que camina lento y para llegar a  tomar una micro que le sirva se demora media hora.
A Bárbara le gustaba mucho más irse en Metro a  la universidad. “Me podía ir leyendo, me demoraba menos y no me estresaba con todo el taco. Aparte gastaba menos plata”. Siempre escucha alegar a sus compañeros por el Metro, que llegan tarde por culpa de él, que apenas se puede entrar y que ya no soportan más la situación. Cuando vuelve a su casa acostumbra a llevar el auto lleno con amigos para acercarlos. Le da pena que se demoren tanto y se vayan tan incómodos.
Las amenazas de los jefes por llegar tarde a los trabajos comenzaron a ser comunes y por eso los que tenían la posibilidad de movilizarse de otra manera, lo empezaron a hacer.
Mauricio Klaber es uno de ellos, vive en Pedro de Valdivia y trabaja en el Golf. Su casa está al lado del Metro y su oficina también. Una da las razones de vivir en esa ubicación fue por la excelente movilización con la que contaría. Tiene treinta años y desde los quince andaba en transporte público, le era rápido, cómodo y económico.
Desde el comienzo del sistema Transantiago, Klaber comenzó a llegar continuamente atrasado a su lugar de trabajo por distintos motivos: cierres de las estaciones, detenciones de los vagones y personas que accionaban el botón de emergencia. “Llegó un momento en que no di más, llegaba cansado a la oficina y más encima tarde, por eso junté todos mis ahorros y compré un auto usado”, cuenta Klaber. En el auto se va con tres colegas y les cobra para pagar la bencina, de esa manera el costo no es mucho mayor.
Mientras algunos evitan las Bip, otros se enfrentan a los nuevos guardias del Metro al estilo Guerra de las Galaxias con sables fosforescentes. Todo para controlar la aglomeración.

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