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De llanto y calma septiembre 11, 2007

Posted by jpgarnham in Escena, Natalia Urrutia.
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En los pasillos se escuchan sollozos, gritos y quejas. Un turno de viernes por la noche en la Urgencia de la Clínica Dávila, puede mezclar el dolor y lo cotidiano.
Por Natalia Urrutia

Quedan pocos minutos para que empiece el turno de noche y un auto azul se detiene frente a la puerta de acceso principal. De él bajan dos hombres y una mujer de cartera café. Todos tienen rasgos orientales y aproximadamente 45 años. Desde el interior del vehículo sacan a otra oriental, de unos 75, con los ojos cerrados y la ponen en una silla de ruedas. La mujer de cartera cruza la puerta principal empujando la silla a paso acelerado. “Urgencia” se lee en la puerta semitransparente por donde entra.
Dentro del servicio todos caminan y trabajan con rapidez. “Los viernes son los días de más gente, hay que estar pendiente de todo”, dice Cristian, el enfermero jefe.
La oriental fue llevada al box número tres. Sufrió un fuerte golpe en la cabeza. Su acompañante, la mujer de bolso café, no habla español y se nota preocupada. Algunos auxiliares de enfermería intentan explicarle lo que sucede a través de señas y palabras sueltas.
“Acá aparte de presentarte y estabilizarlos, tienes que explicarles lo que haces y lidiar con los familiares”, dice Cristian mientras mira como entran cuatro personas a un box (sólo está permitido que un pariente acompañe al accidentado). “Los dejamos pasar pero hemos tenido problemas”, dice mirando hacia la puerta donde vigila un guardia de negro. “Una vez entraron 15 gallos, todos familiares, a pegarle a un doctor porque no entendían lo que le hacía a su hijo o papá”, recuerda mientras contiene una risa y se sienta sobre un basurero de plástico. En la  Urgencia casi no hay asientos para los que trabajan por lo que pasan aproximadamente doce horas seguidas de pie.
Una mujer está tendida en una camilla con las manos sobre el vientre presionándolo. Se retuerce de dolor. “Es malo automedicarse”, dice el enfermero mientras introduce una aguja en su brazo y llena tubos con sangre color rojo oscuro. Al salir, anota lento todo lo que administró e hizo y manda la muestra de sangre etiquetada al laboratorio. “Acá los errores se pagan caro —dice Cristian —. En otros trabajos te despiden, acá puedes matar a alguien”. Luego procede a lavarse las manos por quinta vez en menos de 40 minutos. Después saluda a sus compañeros de lejos, con señas, mientras prepara algodones y medicamentos en el área limpia.
A unos tres metros de él, una mujer en silla de ruedas transita por los pasillos. Lleva en sus piernas un niño que tiene el labio inferior ensangrentado. La mujer lo abraza mientras éste, con la cara colorada, llora y grita de dolor. Mientras tanto, algunos auxiliares y enfermeros se reúnen para ordenar pizza como cena y hablar sobre sus vidas familiares. “Tenemos el primer lugar en ambiente laboral —cuenta Cristian sobre su equipo-, sino la presión del trabajo sería terrible”.

Comentarios»

1. Antonia Krebs - septiembre 13, 2007

Me gustó la forma en que se describe esta sala de urgencias, porque da a entender perfectamente ese ambiente como de calma forzada que hay en los hospitales, donde sin importar la gravedad del estado del paciente el personal del lugar tiene que proyectar tranquilidad. Está muy bien escrito, sobre todo por los detalles, como la canción de cuna que canta un doctor al final, porque sintetiza la idea del texto.


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