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Que vengan los bomberos octubre 1, 2007

Posted by jpgarnham in Estructura dramática, José Antonio Giordano.
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Andrés sabe que los tragos están listos. Lo que no sabe es que lo único que tomaría esa noche sería bencina.
Por José Antonio Giordano

Era sábado en la noche. Los tragos estaban servidos, los vecinos esperando. Andrés sale de la ducha y se viste con calzoncillos y un chaleco verde. Pasa del baño a la salita, camina diez metros y ve a su mujer, María, intentando encender la chimenea. El fuego no prendía, por lo que se pone en cuclillas y comienza a soplar. De un momento a otro cambia todo: una llama corre hacia su cuerpo, y le quema la cara, el cuello y los muslos.
“Nunca pensé que le iba a tirar bencina”, dice, mientras se rasca la muñeca izquierda con el índice derecho. Alcanzó a ver de reojo la botella de plástico y el chorro de combustible, y sólo atino a decir “no”. Luego la explosión, el calor insoportable y los diez segundos más largos de su vida. “Lo primero que hice fue tirarme al suelo, fue más que nada un reflejo. Y por suerte el juego se fue apagando”, recuerda.
Como buen carpintero, Andrés está acostumbrado a los accidentes laborales. Por eso mismo, creía que lo de él no era tan grave y no tenía intención alguna de ir a la posta. “Pero la María me obligó. Ella quedó súper traumada con el accidente. Es que imagínate, si yo me hubiera muerto, el cargo de conciencia con el que hubiera quedado ella”.
Al continuar con su relato, intenta evitar la parte de la posta, y vuelve continuamente a la chimenea y la explosión: “Es que lo más cuático de todo fueron los tubos que me metieron”.
Y sigue con la llama: “Era así más o menos”, dice mientras abre los brazos lo más que puede, como si le preguntaran qué tan grandes son las ballenas. Después de tirarse al suelo y apagar su incendio, lo primero que hizo fue ir al baño. Pero no a mojarse ni lavarse, sino que a mirarse al espejo.
Su señora no maneja, así que tuvo que pedirle a un compadre que lo llevara al Hospital del Salvador. El compadre había estado tomando, pero “a esa altura, ya no quedaba otra”. Se subió a la Chevrolet Luv blanca, y lo primero que hizo fue abrir el vidrio pequeño, el triangular que tiene las camionetas de esa época. “Ese vidriecito fue salvador, porque me llegaba aire helado en las quemaduras. Si no, me hubiera vuelto loco del dolor”.
Luego de recordar la historia varias veces, ahora parece sacar en limpio las pocas cosas positivas que puede tener un accidente de tal magnitud: “Por suerte el piso era de madera, porque a la hora que era alfombrado me incendio yo, la María y de pasaíta quemamos la casa entera”. Agradece también a su chaleco, que fue una protección. Pero se cansa de los buenos pensamientos y vuelve a recriminar: “Yo creo que ninguna mujer sabe que las bencinas explotan…”
Para evitar más problemas, le hizo caso a la canción de Topo Giggio, que decía más vale prevenir que curar:
– ¿Volviste a prender la chimenea?
– No, la mandé a la chucha.

Comentarios»

1. sebastian lehuede - octubre 7, 2007

Está buena la bajada. También me gustaron las citas, muy ad hoc.
Lo único: el final. No lo entendí mucho parece.

2. Tomás Aliaga - octubre 9, 2007

El texto es pegajoso. El título, la bajada y el lead enganchan harto. Como dijo Sebastián el final es un poco complicado, a mi parecer es un poco abrupto.


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