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Sin sal ni pimienta octubre 18, 2007

Posted by jpgarnham in Antonia Krebs, Norma/argumentación.
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Más de la mitad del inmenso clóset de Soledad desapareció, así como muchas de sus amistades, cuando decidió hacerse higienista. Sus amigos no pudieron entender que en menos de tres meses se deshiciera de muchas de sus pertenencias, dejara de fumar, de comer carnes de cualquier tipo o de simplemente tomarse una piscola.
Por Antonia Krebs

Soledad tiene el pelo largo y café, ya que hace tiempo dejó de teñírselo rubio. Al hablar, abre mucho los ojos para enfatizar sus palabras. Está vestida de forma sencilla; un pantalón de lino, una polera un poco desteñida y un chaleco de lana cruda. Sentada en la terraza, tomando sol, respira profundamente y mira al cielo. «Qué rico andar a pata pelada cuando llega la primavera», dice sacándose las zapatillas.
Conoció el higienismo por medio de una amiga de su mamá, quién le habló de esta forma de vida porque Soledad quería dejar de fumar definitivamente.
Mauricio Esteban Gatica dirige y enseña los principios básicos del higienismo a un grupo de no más de veinte personas en Chile, donde esta forma de vida recién se está dando a conocer. «Me llamó mucho la atención lo joven que se ve Mauricio, a pesar de tener 52 años», recuerda Soledad. El aspecto y lo que pensaba este hombre llamaron profundamente su atención. Después de dejar de fumar, Soledad comenzó a ir a los cursos que dicta Mauricio.
Los higienistas están en constante contacto con la naturaleza, mantienen una alimentación equilibrada basada en frutas y verduras, realizan ejercicios físicos y viven en un estado emocional armónico.
Muchas veces Soledad ha tenido que rechazar invitaciones a comidas, fiestas, paseos y matrimonios, porque en esas situaciones se come y vive de una manera que ella no aprueba. Pero estos son problemas que todos los higienistas deben enfrentar. «Como vivimos de forma tan distinta, la gente piensa que estamos locos o que lo que hacemos nos hace mal, pero eso es por ignorancia», asegura Soledad.
En un principio su familia se opuso a la forma de vida que ella adoptó, porque pensaron que incluso podía desnutrirse. «Nos asustamos porque fue un cambio demasiado radical; la Sole empezó a acostarse temprano, comer sólo frutas y verduras y a juntarse con gente como lana, onda muy alternativos», explica su hermana Magdalena. Pero después de un tiempo vieron que Soledad estaba feliz y sana, por lo que aceptaron el cambio. Sin embargo algunas de sus amigas no lograron asimilar su nueva forma de vida, por lo que perdió algunas amistades. Los cambios en la vida social fueron el mayor sacrifico que tuvo que asumir Soledad.
Son las dos y media de la tarde, y el estómago de Soledad empieza a gruñir evidenciando su hambre. Con calma, Soledad saca de su bolso una piña, y después de pelarla cuidadosamente la parte en pedazos, dejando listo su almuerzo. Hace más de un año que no come carne, sal, azúcar o cualquier alimento procesado, pero según ella los sabores son mucho más intensos desde que «no se alimenta de lo que come, sino de lo que es capaz de digerir».

Comentarios»

1. javiera olivares - octubre 19, 2007

muy interesante la historia… me gusto mucho como está contada… bien…

2. Andrea Ayala - octubre 20, 2007

Interesante la “tribu”. Además el artículo logra mezclar descripción, los dos puntos de vista, una cierta tensión al contar que en un principio no la aceptaban y se vuelve a la calma cuando se dan cuenta que el cambio no la perjudicó totalmente. Muy bueno. Sólo me quede con ganas de saber más de los cambios en su vida social.


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