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Las primeras balas octubre 26, 2007

Posted by jpgarnham in Laura Vicente, Narrativización.
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Gustavo Bussenius, amigo cercano de Pinochet y abogado defensor de presos políticos en los juicios celebrados tras el golpe, recuerda éstos junto a su mujer, además del fin del régimen allendista y el pronunciamiento militar.
Por Laura Vicente

Gustavo es un hombre de 80 años de ascendencia alemana que vivió los primeros conatos del pronunciamiento militar. Angélica, de 58 años, es su segunda esposa. Ella recuerda con mirada angustiosa el hambre que pasó su familia de once hermanos durante el régimen allendista y explica: “Las mujeres pedimos la intervención militar porque la carestía de alimentos y de productos básicos era ya insoportable”.
Gustavo conoció personalmente a Pinochet, y entablaron cierta amistad. Su relación comenzó el 4 de septiembre de 1970, cuando Allende fue elegido presidente de Chile. Él era abogado y luego trabajaría como tal para el estado dirigido por Pinochet. Gustavo estaba en su casa. Sonó el teléfono. Y… ¿Quién le llamaba? El General Augusto Pinochet que me pedía que fuera a visitarle. Ahí le conoció personalmente. Estaba en una habitación subterránea y tenía sobre él una lámpara que le iluminaba muy poco. “Perdimos”, le dijo el general. Gustavo reconoce que no sabía que hacer, pero añade: “Él sí supo qué hacer el 11 de septiembre del 73. Porque Allende lo hizo muy, muy mal”.
“Con Allende no había aceite, no había arroz, no había carne… no había nada” dice Gustavo mientras toma un poco de Coca Cola. La situación económica y la violencia que se vivió en los últimos días de la vida de Allende dieron lugar a una conflictividad incesante. Angélica, con su cigarro en la mano que apenas le dura medio minuto, recuerda cómo su madre llevaba a casa lo que le entregaban las JAP, que apenas daba para alimentar a la mitad de sus hermanos. Por ello, cuando podían, mataban a un animal en el campo que luego traían a Santiago de modo clandestino para repartirlo entre varias familias.
Debido a esta situación, muchas mujeres protagonizaron las caceroladas, pidiendo al ejército su intervención, al que le arrojaban maíz y plumas de ave en alusión a la supuesta condición de «gallinas» que mostraban. Se hizo una gran marcha por Providencia con las ollas vacías y “nos lanzaban papas con gillette incrustadas”, dice Angélica.
Gustavo había ido a Santiago el día 10 desde Iquique, su ciudad natal, para comprar una finca. Él no sabía que iba presenciar tal momento histórico. Sólo los GAP olían el peligro, “estaban excitados como si les estuviesen amenazando por detrás con un garrote”, relata Ignacio González en su libro “El día en que murió Allende”. Gustavo llegó a La Moneda con su amigo, abogado socialista, pero un carabinero les impidió el paso”. En aquel momento, desde el Ministerio de Obras Públicas salieron los primeros disparos. Su amigo y él, presos del pánico, entraron en un restaurante cercano y se tumbaron en el suelo tras la presencia de los primeros tanques. “Recordé en aquél momento cuando mi padre murió a balazos en ese mismo lugar por un error de los carabineros. Yo tenía sólo cuatro años. Afortunadamente, yo no morí allí”.
El amigo de Gustavo le dijo: “Yo me quedó aquí a defender a mi presidente”. “Estás loco, tenemos que irnos de aquí”, replicó Gustavo. Salieron del restaurante y, de repente, Gustavo oyó el fuerte sonido de un avión que se acercaba a La Moneda y comenzaba a bombardearla. “Vi cómo los misiles atravesaban las ventanas del palacio. Tenía miedo. No sabía lo que estaba pasando exactamente”, señala Gustavo, que decidió correr en lugar de tirarse al suelo para no ser abatido a tiros como hizo su amigo. Poco más tarde sus dudas se disiparon tras escuchar en la radio de la oficina en la que trabajaba su amigo socialista, que Allende había muerto.
Antes de que acabara el mes de septiembre, en Pisagua comenzaron los juicios de los presos políticos. En esos juicios Gustavo participó como abogado defensor de éstos junto con otros dos compañeros más. Cada uno defendía colectivamente a presos acusados de infracciones similares. Aunque es de derechas, Gustavo tenía amigos socialistas presos. Los tres abogados pasaban la noche en vela escribiendo la defensa ayudados por el Pisco, pues la responsabilidad que recaía sobre ellos no les dejaba dormir. Recuerda, en especial, una condena a muerte de un procesado por dirigir una guerrilla. Se apellidaba Toro. Tras dictarse su sentencia, sus ojos se enrojecieron pero sus lágrimas se quedaron en ellos. No resbalaron. Gustavo quiso acompañarlo pero no le permitieron el paso. Cinco minutos después, escuchó el disparo que acabó con su vida.
A pesar de ello, Gustavo está convencido de que aquello fue lo mejor para Chile y añade: “El socialismo nunca ha funcionado. Es muy fácil ser marxista en un régimen democrático pero es muy difícil ser demócrata en un régimen marxista”.

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