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Cuando Chillán no se dio por vencido noviembre 7, 2007

Posted by jpgarnham in Macarena Maldonado, Narrativización.
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Recién asumía Pedro Aguirre Cerda, las casas eran de adobe, los niños usaban suspensores y los adultos sombrero. Sólo quienes han vivido más de setenta años pueden relatar el terremoto del ‘39.
Por Macarena Maldonado

Para los hombres era obligación vestir terno y corbata todo el año y a la hora que fuera, el pelo debía ir cortito y bien peinado. Algunos mayores no olvidaban dos cosas: un pañuelo en el bolsillo izquierdo del terno, símbolo de elegancia, y un peine de plástico oculto al reverso. Acompañaban a sus mujeres del brazo, quienes vestían faldas bajo la rodilla y cabellos enredados en trenzas, tomates y rulos perfectamente amarrados. Así era el Chile del ‘39 cuando un terremoto de 7,8 grados en la escala de Richter, sacudió al país desde Valparaíso a Temuco, y de la costa a Buenos Aires.
En un pueblito llamado Pemuco, a cuarenta kilómetros de Chillán se conservaba el glamour de la época. Ahí Sixto Maldonado, con diez años, ayudaba a su madre vistiendo pantalón corto de tela, camisa, suspensores y soquetes de rombos. Si bien, han pasado 68 años del terremoto de Chillán, Sixto recuerda la catástrofe en tonos sepia, no por todo el tiempo que ha pasado, sino por el polvo que se levantó ese día producto de los derrumbes y las grietas en la tierra.
A Rosa Roa su esposo la abandonó por otra mujer, quedando sola a cargo de sus cinco hijos: María, Ezequiel, Sixto, Esmérita y Guillermo. Consiguió trabajo como cuidadora en la Escuela número cuatro de hombres de Pemuco, donde el director le habilitó tres piezas para que pudiera vivir.
El 24 de enero de 1939, Sixto y sus hermanos habían ayudado todo el día a su madre a limpiar la escuela. En la noche capearon el calor del verano con mucha agua y echados sobre las camas de cobre con colchones de resortes. «Ese día hizo un calor terrible», recuerda Sixto, quien a las 23.32 horas de esa noche estaba acostado y, sin poder dormir, sintió un movimiento: había comenzado el terremoto.
En la otra pieza, su madre y sus dos hermanas arrancaron hasta un parrón que estaba a diez metros de la escuela. Sixto escuchó gritos, era su madre que le pedía que corriera al parrón donde ya habían llegado sus otros dos hermanos. Sólo faltaba él. Escuchaba palabras sueltas: ¡corre!, ¡se cae!, ¡parrón!, ¡rápido!, ¡temblor! Pero a sus diez años, el pequeño Sixto no tenía idea qué era un temblor. Y cuando escuchó que la pared de la otra pieza cayó, saltó de su cama. El suelo se movía y apenas podía caminar, llegó al corredor y el movimiento se hacía cada vez más fuerte. Se afirmó de unos pilares, llegó a la puerta y de ahí corrió al parrón.
«Cuando llegué donde mi madre, escuché un estampido», recuerda Sixto. Eran las casas vecinas que se derrumbaban, al igual que las paredes de las salas, dejando las piezas donde ellos dormían bajo escombros. Esa noche llevaron colchonetas a la última sala de la escuela, la única que quedó en buenas condiciones. Al día siguiente toda la gente comentaba el terremoto en la plaza de Pemuco, donde muchas familias instalaron sus camas y durmieron ahí por semanas.
Según la prensa, el terremoto arrasó 45 mil kilómetros cuadrados del país. El número de muertos varía de diez mil a treinta mil, aunque fueron 5.685 las defunciones inscritas en el Registro Civil. Por lo que Nicanor Parra, oriundo de la zona devastada, escribió para consolar a la población: «…Chillán existe como una rosa blanca sobre mi corazón húmedo y sin palabras (…) Chillán no está vencido…». El daño quedó inmortalizado por el poeta y por el recuerdo de miles de damnificados como Sixto. Pedro Aguirre Cerda viajó junto a su esposa al sur del país a constatar los daños y, en la plaza de Concepción, dijo al pueblo: «La vida no puede detenerse».
Y sin duda, la vida continuó. Para algunos en la calle, sin hogar, con familiares muertos y desaparecidos. Para otros, como Sixto, trabajando y dando gracias a Dios por no haber perdido a un ser querido. En el año cuarenta llegó a Santiago y su vida no se detuvo. A los 28 se casó con Modesta. Hoy llevan 54 años de matrimonio, tienen cuatro hijos, ocho nietos y decenas de historias para contar.
Sixto a sus 79 años, como todos los de su generación, siempre viste camisa y pantalones de tela, con la basta hecha por él mismo. Y a sus nietos, orgulloso, les habla de su querido pueblo Pemuco, que en el ´39 no se dio por vencido.

Comentarios»

1. Angélica Rodríguez (opción A) - noviembre 11, 2007

Las descripciones de las escenas son muy buenas. Hacen que el relato sea muy vívido.

2. javiera olivares - noviembre 13, 2007

me gusto mucho, creo que está bien contada y narrativizada…
me gusto la parte del poema de Nicanor Parra… y los datos de información histórica como el de Pedro Aguirre Cerda…

3. Natalia Urrutia O. - noviembre 14, 2007

Me gusta lo que hiciste con el texto. Le arreglaste poquitas cosas desde la primera vez que lo vimos y creo que quedó mucho mejor.
El título lo destaco. es mucho mejor que el primero.
La frase del estampido es notable. Me gustó.Felicitaciones.

4. Exequiel Sepúlveda - mayo 12, 2008

Felicitaciones por rescatar el patrimonio de nuestra tierra.

5. miguel inostroza - marzo 10, 2009

soy historiador de pemuco, me gustaria incluir los datos historico de este acontecimiento familiar en mi proximi libro “cronicas historicas de Pemuco” segunda edicion 2010.

carlos guiñez martinez - junio 19, 2009

e alegro por tu proximo libro, yo tube en mis manos la primera edicion , pero por cosas del destino no volvio mas a mis manos.
Lo otro que queria consultarte, que paso con el museo virtual?, adios.


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