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El Sí y el No: total incredulidad noviembre 8, 2007

Posted by jpgarnham in Angélica Rodríguez, Narrativización.
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Un matrimonio vivió el día de la elección del SÍ y el NO pensando que participaban de una votación más. Terminaron viviendo el fin de quince años de dictadura entre el televisor y la protesta.
Por Angélica Rodríguez

Lo primero que Juan hacía todas las mañanas era poner la tetera para el desayuno. El 5 de octubre de 1988, lo primero que hizo fue encender el televisor. Quería saber desde temprano cómo se estaba llevando a cabo la “elección del SÍ y el NO”, que determinaría si el General Augusto Pinochet continuaría en el poder por ocho años más.
Juan no pensaba que su opción, el NO, pudiese ganar. Su interés tenía más que ver con el orden del evento, que con la elección misma. Juan estaba en contra del “dictador”, como él llamaba a Pinochet, pero no participaba activamente en contra del régimen.
Sus únicas acciones de protesta consistían en leer  algunas revistas contrarias al régimen como Análisis, Apsi y El Fortín Mapocho y en acompañar a su esposa a recitales que terminaban con una marcha espontánea y gente gritando ¡Y va a caer! y ¡Compañero Allende: Presente!
Lo más osado que llegó a hacer fue prestarle a Giselle, una amiga de la oficina, su departamento en el barrio Brasil. Ahí, ella se reunía con dirigentes comunistas, opositores a Pinochet, para planificar protestas y diseñar panfletos. Para Juan, esto no era una participación activa. Era ayudar a una amiga con la que solidarizaba por la desaparición de su padre, en manos de la Central Nacional de Informaciones, CNI.
A las 11 de la mañana Juan partió junto a María -su esposa- y su hija Javiera, en una micro hacia el centro, donde estaba el local de votación de ambos. María tuvo que llevarle a la pequeña de cinco años su muñeca regalona, para convencerla de ir con ellos. Juan se oponía a la idea porque se podía perder y porque la experiencia le indicaba que siempre terminaba acarreando él a la famosa muñeca.
Durante el viaje, Juan pensaba que hubiese sido mejor cambiar su lugar de votación una vez que se cambiaron a Maipú. María acomodaba en su cartera el jugo y el quequito que le llevaba a Javiera por si tardaban mucho.
No se dividieron para votar, sino que uno acompañó al otro en los respectivos recintos, por un tema de seguridad. Luego de que volvieron a la casa, siguieron su rutina normal: almorzaron e hicieron el aseo. Eso sí, siempre con el televisor encendido siguiendo los pormenores del evento.
Durante la tarde, Juan habló por teléfono con su madre y hermanos para comentar el día. Les dijo que seguramente la elección estaba arreglada. Su mamá le pidió que por favor no fuera a salir de su casa. “Va a quedar la grande gane quien gane y pierda quien pierda”, le dijo.
A las 00:15, Sergio Onofre Jarpa, presidente de Renovación Nacional, reconoció que “habría una tendencia favorable al NO”, aunque no entregó cifras oficiales.
Juan no lo podía creer. No se sentía feliz, porque la verdad es que creía que “algo” iba a pasar. María, también tenía esa sensación de incredulidad y desconfianza. Así que salieron a la calle, rumbo a la plaza de Maipú a ver cuál era la reacción de la gente. Juan no sentía miedo de que hubiesen disturbios. Tal era su estupor de que los partidarios de Pinochet reconocieran el triunfo del NO, que sólo atinó a pensar en salir y corroborar si era verdad.
Luego de una hora caminando entre automovilistas tocando sus bocinas, banderas chilenas en las ventanas, gente saltando y gritando ¡Y ya cayó!, comenzaron a sentir disparos y la multitud empezó a correr.
No se sabía de donde venían los balazos. Juan tomó a su hija en brazos y junto a María, se agacharon para refugiarse entre dos autos estacionados. Se quedaron ahí algunos minutos, mientras la gente corría en distintas direcciones y algunas señoras se arrimaban contra un quiosco para protegerse. Un carabinero se acercó a ellos y se quedó cerca como intentando protegerlos del desorden.
Cuando todo se calmó, decidieron volver a casa. María agradeció el gesto del carabinero y le dio la mano, pensando que desde hacía quince años que no se sentía segura al lado de un uniformado. Juan sintió que era posible que el triunfo fuera cierto. Mientras, consolaba a Javiera, que en toda la batahola, había perdido su muñeca.
A las 02:00 del martes 6, el subsecretario de Interior Alberto Cardemil, entregó el último cómputo: el NO obtenía un 55,7 por ciento y el SÍ un 43. Juan apagó el televisor. Recién entonces, creyó en el triunfo.

Comentarios»

1. sebastián lehuedé - noviembre 14, 2007

Está bueno el detalle de la muñeca y el quequito. El acceso interior, además, queda muy bien porque permite saber qué pensaba la gente en ese entonces.

2. Renato Adriazola - noviembre 18, 2007

El inicio es muy bueno, ya que me sitúa en la cotidianeidad de una pareja, en tiempos en los que todo hecho era tapizado con palabras como “normalidad” o “todo está bajo control”. Esa conexión mental que se hace entre lo normal-cotidiano y lo anormal-público me atrae muchísimo y me insta a seguir leyendo.

La narrativización de este relato es muy buena. En especial destaco el momento posterior al tiroteo en Maipú, en donde la protagonista piensa que los carabineros ya no son los que estaban en la dictadura. Esa cita es muy decidora, puesto que da cuenta de lo que sentía ella -y claro, su esposo- en ese momento de júbilo descontrolado.

Finalmente alabo lo que escribiste por el hecho mismo.


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